Si usted padece la desgracia de vivir en mi barrio y, por algún motivo, necesita comprar algún artículo de librería, es posible que el apuro, la comodidad o la simple rutina lo conduzcan hasta un pintoresco y tradicional negocio del ramo sito en la avenida Nazca. Y si tiene peor suerte (como yo), puede ocurrirle que, en lugar de su dueño, lo atienda alguna de sus dos hijas. De ellas, ni más ni menos, me ocuparé en este modesto informe.
En primer lugar, vale decir que cada una de estas mujeres cuenta con singulares características que en breve intentaré describir. No obstante las diferencias, hay algo en lo que coinciden plenamente: ambas poseen una asombrosa falta de voluntad para la atención al público. Su desgano, su carencia de compromiso con la tarea que desempeñan, sin dudas indignaría al peor de los empleados municipales. Dicho esto, me referiré a cada una de las damas, a quienes —por razones de seguridad— bautizaré “la rubia” y “la morocha”.
La rubia se caracteriza por una absoluta incapacidad para resolver problemas menores. Por ejemplo: supongamos que usted le pide un block de hojas oficio, un frasquito de tinta china o un simple lápiz negro: ella siempre le responderá “Ay, creo que tengo, pero no sé dónde está…”. Y si usted manifiesta demasiado interés por el artículo, es posible que ella —en un efímero rapto de piedad o de vergüenza— haga la pantomima de buscarlo en un estante cualquiera, o de revolver la caja de talonarios de recibos, para luego pronunciar, invariablemente, su segunda frase de cabecera: “Mi papá sabe dónde están, pero hoy no viene”. Su ineficacia es total y me atrevería a asegurar que cualquier turista extranjero que, por error, tuviera la desdicha de entrar en ese comercio, conocería el stock mejor que esta mujer.
La morocha, en cambio, es fácilmente reconocible por su brutalidad extrema, cualidad sólo equiparable a su marcado desinterés por la atención al cliente. Es frecuente que grite o incluso insulte a alguno de sus vástagos (que siempre andan correteando dentro del local) ante la presencia de la clientela, o bien que se retire la mucosa nasal con los dedos mientras atiende. A diferencia de su hermana, por momentos pareciera demostrar mayores capacidades para la resolución de problemas (conoce algunos precios, sabe dónde están algunos productos), pero, debido a su estructura psicológica, tampoco resuelve nada: simplemente no quiere hacerlo.Otra semejanza entre las hermanas es la adicción al uso del teléfono. Es habitual encontrarlas hablando con la madre, disertando sobre la cocción del pastel de papa o reprendiendo a algún hijo por su mal desempeño escolar, sin importarles que el negocio se encuentre atestado de clientes. La presencia del público les resulta por completo indiferente y sólo se disponen a atender una vez concluida la comunicación telefónica.
Con el tiempo, he llegado a creer que trabajan allí para cumplir con un castigo impuesto por su padre, o que ambas se han complotado para quebrar el negocio familiar. Sin embargo, estas conjeturas resultan erradas al comprobar que, con el paso de los años, el comercio sigue en pie y los pacientes vecinos siguen entrando. Yo mismo reincido cada semana, aun sabiendo que tendré que esperar más de media hora para llevarme un bolígrafo azul, o que probablemente volveré a mi casa con las manos vacías. Es evidente que ese local (y su personal) produce en el público una inexplicable atracción. Esto lo ha hecho célebre y, me animo a afirmar, sin exageraciones, que también lo ha vuelto inmortal. Estoy seguro de que pasará el tiempo, pasarán los gobiernos, cambiarán las relaciones de producción, las costumbres y las pautas de consumo serán otras, todos los negocios bajarán sus persianas, en fin, todo será distinto; pero esas hermanas seguirán firmes detrás del mostrador de ese local, ofreciendo un pésimo servicio a los insatisfechos pero fieles clientes del barrio.